Mi viaje hacia la Iglesia Católica

Charlene Andersen

Octubre, 2004

 

Nací en una casa incondicionalmente Luterana. Mi padre era un pastor luterano, y nuestra vida familiar giraba en torno a la iglesia. Mis padres eran muy dedicados a su fe, a sus cuatro hijos, y a las personas a las que servían en sus parroquias rurales en Alberta y Saskatchewan, Canadá. Pero las finanzas eran extremadamente estrechas en aquellos días, y mis padres apenas podían ganarse la vida.

Cuando tenía 8 años, mi padre decidió convertirse en un capellán militar. Asi, podría ser un pastor luterano en un contexto diferente, pero sería más capaz de mantener a su familia. La vida militar le ofrecía la oportunidad de vivir en Europa con las Fuerzas Armadas canadienses (de 1969 a 1974). Fue durante la temporada en Alemania, donde mis padres conocieron a la Hermandad Evangélica de María, una orden protestante, independiente, interconfesional de Hermanas y Hermanos, fundada por la Madre Basilea Schlink.

Aunque fomenté una fe personal durante mi infancia, esta situación cambió durante nuestros años en Alemania en el ejército canadiense. Me involucré con gente mala, y me convertí en una muy agitada y rebelde adolescente. Mis padres pensaron que sería mejor para mí enviarme a un internado privado luterano en Canadá. Durante mi último año de escuela secundaria, regresé a la fe, y deseé vivir mi vida para Dios.

Al graduarme de la escuela secundaria, mi madre me animó a mi hermano y a mí a pasar un verano con la Hermandad Evangélica de María en Alemania. Yo estaba fascinada con el esplendor de las Hermanas y Hermanos, y el mensaje de amor a Jesús. Cuando yo tenía 20, sentí el llamado de servir a Jesús como una hermana. Entré en la orden en la Casa Madre en Alemania y más tarde fui trasladada a las bases en Alberta y en Phoenix donde pasé 8 años. Después de 13 años y medio salí de la Hermandad lo cual fue, por supuesto, una decisión difícil, pero lograda bajo un común acuerdo, basado en oraciones de la Madre Basilea, las hermanas y yo.

Regresé a Edmonton, Alberta, Canadá, terminé una licenciatura en Educación, y encontré mi hogar espiritual como evangélica protestante. Cinco años más tarde conocí a Peter, mi marido, que ¡había sido un hermano en la orden de la Madre Basilea! Peter se había convertido en un católico, pero no era realmente practicante en ese momento. Nos mudamos a la costa oeste, asistiendo a varias iglesias Bautista, Anglicana, Luterana y la Alianza Cristiana Misionera, pero no nos sentíamos como en casa en cualquiera de ellos. Peter quería asistir a una iglesia católica, pero como yo no estaba cómoda allí, buscamos una iglesia protestante en la que ambos nos sintiéramos como en casa. Oramos duro y continuo, pero con el tiempo nos empezamos a sentir desanimados y desilusionados. Nuestra asistencia a la iglesia decayó.

En 2001 pasé por una crisis. Peter perdió su trabajo y cayó en una profunda depresión que duró siete meses. Durante este período, Peter comenzó a volver a misa -a misa diaria-. Comenzó a salir de su depresión, que atribuyó exclusivamente a la sanación por la recepción del Cuerpo y la Sangre de Jesús todos los días. Dios lo bendijo con una nueva posición en un hospital católico como trabajador pastoral. Continuó asistiendo a Misa todos los días, comenzó a participar en nuestra parroquia, y dedicar más tiempo a la lectura espiritual y oración. ¡Me sentí excluida, y le supliqué que no fuera tan lejos como para rezar el rosario! El pensamiento de él siendo devoto de María era muy preocupante para mí.

Aunque yo seguía en busca de un hogar espiritual en las iglesias evangélicas, sentía una pesadez y vacío, sin duda agravada por el hecho de que nosotros asistíamos a iglesias distintas. Peter creció en su fe y devoción, y yo me sentía dentro de una creciente frustración. Por último, a regañadientes, decidí ir a la iglesia con él, pero la separación que sentía al no recibir la Santa Comunión se hizo más difícil de soportar. Peter nunca me obligó a venir a la iglesia con él para convertirme en católica. Él sólo me dio un libro para leer (Roma, Dulce Hogar) que no toqué durante meses. Me sentía rechazada por el título. Me di cuenta de que había un montón de sentimiento anti-católico en mí, en particular en torno a la devoción a María, los santos, el purgatorio, la oración por los muertos, la penitencia y la autoridad papal.

En septiembre de 2002, asistí a la ICAR (Iglesia Católica Apostólica Romana), sólo para "probarlo". Le dije a mis amigos que si me convertía católica, sólo sería para poder recibir la Comunión con mi esposo. El dolor de no recibirla en conjunto era cada vez más difícil de soportar. Insistí en que yo nunca aceptaría las enseñanzas de la Iglesia católica.

El equipo de la parroquia católica se componía de varias personas llenas de fe, de gente encantadora. Le hice algunas preguntas difíciles acerca de la fe católica, pero la gente, tan maravillosa como eran, no estaban capacitadas en la catequesis. Las respuestas fueron desalentadoras. Mientras tanto, mis amigos evangélicos me retaban con las mismas preguntas para las que yo no tenía respuesta.

Como mi lucha creció contra las tradiciones y la doctrina católica, también lo hizo mi deseo de la Eucaristía. La Eucaristía, el verdadero Cuerpo y la Sangre de Cristo, elevado, ofrecido, venerado y adorado en el altar me atrajo con tanta fuerza que pensé que no podría vivir sin ella. Pero yo estaba en un punto muerto, porque no podía aceptar o comprender las doctrinas de la fe católica, las que separan del protestantismo. No sabía a quién recurrir para obtener ayuda.

A la altura de mi dilema, el Señor nos ha dado la gentileza de conocer a un sacerdote maravilloso, el Padre John Horgan. El se tomó mucho tiempo para escucharme y para explicar con rigor, con entendimiento con atención pastoral sobre todos los tópicos, desde la devoción mariana y el rosario hasta el celibato sacerdotal. También me dió una pila de libros para leer, que yo devoraba. Él oraba por mí día a día en el altar. Como yo leía, hablaba, rezaba y asistia a Misa, mi mente y mi corazón comenzaron a abrirse a la riqueza y la belleza de las doctrinas que una vez desprecié. Me encontré con la suficiente confianza para poder defender estas doctrinas y tradiciones frente a mis amigos evangélicos.

Y así en la Pascua de 2002, con gran paz y alegría de corazón, fui recibida en la Iglesia. Yo estaba dispuesta a abrazar la fe católica de todo corazón. Este fue un momento de enorme renovación de la fe y el amor de Dios. Fundamental en mi crecimiento espiritual ha sido Santa Teresa de Lisieux, a quien he elegido como mi santa patrona. Ella me ha enseñado y mostrado muchas cosas. Tres meses después de ser católica, tuve la oportunidad de visitar Lisieux con Peter, y allí absorber su vida, mensaje y el amor quemante por Cristo.

Estoy sorprendida por la gran profundidad y los tesoros de la fe que yo no sabía que existía, y que continuaré para descubrir y entender cada día más. Por encima de todo, tengo un profundo sentimiento de gratitud y de paz al estar en "en casa" al fin.